Ficción — inventada por diversión
Quombilar
(v.) Quedarse frente a una nevera abierta, iluminado por su luz, sin recordar qué se buscaba.
quombilar (kuom-bi-LAR), verbo. Quedarse de pie bajo la luz fría de una nevera abierta, con una mano todavía en la puerta, después de entrar en la cocina con un propósito clarísimo y perderlo en algún punto entre el pasillo y el tirador. La nevera zumba con educación. La lucecita espera. Tú también esperas. Nadie en la habitación, y tú menos que nadie, tiene la menor idea de lo que va a pasar, y desde luego la mantequilla, en su compartimento de la puerta, no piensa ofrecer ninguna sugerencia.
Se dice que la palabra viene de un antiguo dialecto de cocina en el que quom significaba «algo» y biltus, «un pensamiento que flota justo fuera de alcance». Nadie ha encontrado nunca ese dialecto, cosa que a los quombiladores les parece de lo más apropiada. La pronunciación importa: la primera sílaba debe ser breve y esperanzada, y la última debe apagarse un poco, igual que se apagó el plan original. Bien dicha, la palabra suena a alguien que cierra con cuidado la puerta de la nevera sobre una idea que no volverá a ver.
El uso es sencillo y, en casi todas las casas, diario. «Estuvo quombilando casi un minuto antes de recordar que había venido por la sal». «No le hables al abuelo, que está quombilando». El verbo puede ampliarse a pausas parecidas delante de armarios abiertos, cajones y estanterías, pero los puristas insisten en que la forma verdadera exige aire frío en los tobillos. Una quombilación de más de treinta segundos se llama quombilación profunda, y por tradición la termina otra persona preguntando si piensas dejar escapar todo el frío.
Entre las formas derivadas están quombilación, el acto en sí, y quombilador, la persona que lo hace a menudo y que suele ser la más reflexiva de la casa. Hay una etiqueta. A un quombilador no se le mete prisa ni se adivina por él. Preguntar «¿Era la leche?» casi nunca sirve, porque nunca era la leche. Lo más amable es salir de la habitación en silencio, para que el pensamiento perdido tenga adónde volver sin público.
Detrás de la broma hay algo que casi todo el mundo reconoce. Pasar de una habitación a otra parece partir un pequeño recado en dos: el plan se queda en la habitación que dejaste, y la nueva te llena la cabeza de otras cosas en las que fijarte. Mucha gente descubre que, al volver al lugar donde nació la idea, esta regresa de inmediato, como si hubiera estado esperando junto a la puerta todo el tiempo. Es la versión doméstica de llegar a la tienda y olvidar lo único que ibas a comprar, mientras recuerdas perfectamente todo lo demás de los estantes.
Así que, si te pillas quombilando, no estás perdiendo la cabeza: solo cambias de habitación más deprisa de lo que tus intenciones pueden seguirte. Cierra la puerta, vuelve al pasillo y dale un momento al pensamiento para que te alcance. Y si aun así se niega a volver, llévate un poco de queso de todos modos. Casi nadie se ha arrepentido nunca de eso.