Ficción — inventada por diversión
El alargador de despedidas
Un pasillo telescópico que se alarga un poco cada vez que alguien dice bueno, que nosotros nos tenemos que ir de verdad, y no se va.
Todas las casas conocen ese momento. Los invitados se han puesto de pie. Llevan ya el abrigo. Alguien ha dicho bueno, que nosotros nos tenemos que ir de verdad, y lo ha dicho con la voz que significa exactamente eso. Y entonces, en lugar de irse, todo el mundo se queda veinticinco minutos en el recibidor comentando la reforma de la cocina de una prima, mientras un niño pequeño se duerme de pie apoyado en el radiador.
El alargador de despedidas es un recibidor pensado para eso. Es un tramo telescópico de pasillo, instalado entre el salón y la puerta de la calle, que se alarga discretamente once centímetros cada vez que la conversación vuelve a empezar. La cuenta la lleva una placa de presión bajo el felpudo. No hay que manejar nada, algo que sus diseñadores consideraban esencial: un aparato que exigiera atención durante una despedida se convertiría sin más en otro tema de conversación en lugar de en una salida.
El modelo estándar admite catorce alargamientos antes de necesitar el jardín. Junto a los percheros hay una esfera de latón que indica cuántos se han gastado, aunque durante las pruebas ninguna casa llegó a mirarla. La versión de lujo añade un perchero ligerísimamente inclinado hacia la puerta y un pomo que se acerca unos centímetros a la mano cada vez que uno lo mira, y se comprobó que ninguna de las dos cosas cambia absolutamente nada.
Las pruebas de campo duraron un otoño en cuatro viviendas. La despedida más larga alcanzó los cuarenta y un minutos y nueve alargamientos, y terminó solo porque el perro de la familia visitante tomó su propia decisión y se marchó. La más corta duró cuatro minutos, en una casa donde los invitados se habían dejado algo al fuego en la suya. En dos de las cuatro viviendas el pasillo se estiró tanto que la puerta acabó en el huerto, cosa que a todos les pareció bien, porque la conversación iba justo por la parte buena.
El diseño tiene un defecto honesto que el fabricante imprime en la caja. Funciona también con los anfitriones. Todo el invento parte de suponer que una de las partes quiere que la despedida termine y, en la práctica, en ese recibidor no lo quiere nadie, porque si no ya habría terminado. Una de las casas de prueba alargó el pasillo hasta la cocina del vecino y siguió allí otra media hora, acompañada por el vecino, que tampoco quería que se fuera nadie.
Lo cierto que hay detrás de todo esto es que terminar una conversación resulta genuinamente difícil, y no porque a nadie se le dé mal. Marcharse es una negociación. Decir adiós una vez es una propuesta, no una decisión, y tiene que ser aceptada, repetida y confirmada por todos los presentes antes de que alguien pueda moverse. Ponerse de pie, el abrigo, la mano en la puerta, la última anécdota y la segunda última anécdota forman parte de una secuencia que dura los turnos que tenga que durar. Cortarla es lo que parece grosero, así que casi nadie lo hace.
Hay también un motivo para que ocurra precisamente en el recibidor. El recibidor es terreno neutral. Nadie se ha sentado, así que nadie se está instalando, y por eso da menos apuro decir una cosa más. De ahí que los últimos diez minutos de una velada sean tantas veces los más cálidos. Una casa no necesita un pasillo más largo. Sencillamente ha encontrado el único sitio donde la gente deja de representar la visita y empieza a disfrutarla y, con muy buen criterio, se niega a moverse de ahí.