Ficción — inventada por diversión
El cojín de sofá que te guarda el sitio
Aprende la forma exacta de quien más se sienta en él y, cuando otra persona ocupa ese hueco, se infla con muchísima educación hasta que se cambia de sitio.
Todas las casas tienen uno. El sitio. No un sitio cualquiera, sino el sitio: el extremo del sofá junto a la lámpara, con la mejor vista de la tele y el reposabrazos gastado hasta la suavidad justa. Nadie lo ha asignado nunca oficialmente. Todo el mundo sabe de quién es. Y cada noche, cuando su legítimo dueño vuelve con una taza de té, ya hay alguien sentado en él.
El cojín guardasitios acaba con esto sin hacer ruido. Durante sus dos primeras semanas se limita a aprender. Miles de diminutos sensores de presión registran la forma precisa de quien se sienta ahí más a menudo: el ángulo en que se recuesta, cómo recoge un pie, la manera particular en que se hunde con un suspiro después de un día largo. A partir de entonces conoce a su dueño tan bien como un perro reconoce unos pasos familiares.
Cuando se sienta otra persona, el cojín no pita ni vibra. Se infla. Despacio, con suavidad y con una paciencia enorme, sube alrededor de un centímetro por minuto, inclinando al ocupante hacia delante poquito a poco, hasta que, al cabo de unos diez minutos, este se encuentra encaramado en el mismísimo borde del sofá, preguntándose si no estaría más cómodo en otra parte. Siempre decide que sí.
El modelo de lujo añade un pequeño altavoz que carraspea. Los primeros probadores lo encontraron más eficaz que cualquier mensaje hablado, y bastante más difícil de discutir. Un modo para invitados permite al dueño designar a una visita que puede usar el sitio hasta tres días, pasados los cuales el cojín empieza a canturrear, muy bajito.
Ha habido problemas. En hogares con dos dueños testarudos convencidos de que el sitio es suyo, el cojín se ha pasado la noche entera subiendo y bajando como un mar lento. Una familia contó que su gato, que se sentó ahí todos los días del periodo de aprendizaje, es ahora el dueño registrado del cojín, y que desde entonces nadie más ha podido sentarse en ese sitio. El fabricante lo describe como funcionamiento previsto.
La broma se apoya en algo muy real. Las personas se encariñan de verdad con lugares concretos, sobre todo en casa, y el sillón favorito es uno de los ejemplos más conocidos. Los psicólogos que estudian cómo usamos el espacio llaman territorios a estos lugares y distinguen entre territorios primarios, como una casa o un dormitorio, que sentimos como nuestros, y públicos, como un banco del parque, que solo ocupamos durante un rato.
Además compartimos todo un lenguaje silencioso para guardar un sitio sin decir una palabra: un abrigo colgado del respaldo de una silla, un bolso dejado en el asiento del tren, una toalla extendida sobre una tumbona a primera hora de la mañana. La mayoría de la gente entiende estas señales al instante y sigue su camino sin armar lío. El cojín solo hace lo que siempre ha hecho un jersey dejado sobre el reposabrazos. Simplemente lo hace con un poco más de aire.