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Ficción — inventada por diversión

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El claxon que sabe pedir perdón

Un aficionado decidió que el botón más ruidoso del coche también debía saber disculparse, y le dio al claxon una segunda voz mucho más pequeña.

Un conductor se echa sobre el volante mientras una gran bocina de latón suena en el salpicadero hacia el parabrisas.

Un claxon tiene exactamente una cosa que decir, y la dice muy alto. No distingue entre un camión que da marcha atrás contra tu capó y un amigo al que acabas de ver a la puerta de la panadería. En algún momento, un aficionado decidió que era demasiada presión para un solo botón y se propuso darle al claxon una segunda voz.

El primer prototipo no fue nada sutil. Atornilló una gran bocina de latón al salpicadero, la apuntó hacia el parabrisas con la esperanza de que el sonido rebotara educadamente hacia fuera y la conectó a un segundo botón pequeño junto al volante. Las pruebas en la entrada de casa dejaron dos cosas claras muy pronto. El latón suena muchísimo dentro de un coche pequeño, y echarse sobre el volante con los hombros a la altura de las orejas no es una postura de conducción reconocida. La bocina de latón vive ahora en el garaje, donde se usa para llamar a cenar.

El claxon de disculpa definitivo no se parece en nada al original: un gorjeo de dos notas, corto, suave y algo avergonzado, más o menos el ruido que haría un timbre si lo pillaran escuchando detrás de la puerta. Púlsalo después de un cambio de carril torpe, o después de pitar a alguien que no había hecho nada malo, y el coche por fin dice lo que tu mano ya intenta expresar con gestos a través del parabrisas.

Es, por supuesto, completamente inútil. Nadie más conoce ese sonido. Para el conductor de detrás, un gorjeo educado es simplemente un pitido pequeño, y en el tráfico un pitido pequeño es el principio de una conversación, no el final. El invento solo funciona en un mundo en el que todo el mundo tenga uno, que es el destino de la mayoría de los buenos modales y de casi todos los buenos cachivaches. Dos vecinos ya le han preguntado, con amabilidad, por qué su coche no para de estornudar.

Lo que hay de verdad detrás de la broma es lo poco que un coche te deja decir. Dentro vas encerrado tras un cristal, a pocos metros de otras personas, casi sin forma de llegar a ellas. Los conductores lo compensan con un pequeño lenguaje de signos propio: una mano levantada para dar las gracias, un destello de luces, un encogimiento de hombros a través del parabrisas, una mueca de disculpa en el retrovisor. Buena parte hay que adivinarla, y mucho ni siquiera se ve. El claxon es la única parte del coche hecha para hablarle a alguien, y solo conoce una palabra.

Aun así, algo tiene. Los coches dominan de maravilla la impaciencia y casi no tienen vocabulario para el arrepentimiento. Dale a una máquina una pequeña manera de pedir perdón y empezarás a notar lo poco que lo hacen las demás. El aficionado sigue conduciendo con los dos botones instalados. Según dice, el segundo lo usa sobre todo consigo mismo.

Esto es ficción. Esta pieza fue inventada para entretenimiento y no es un reportaje fáctico. Cualquier «dato», «persona», «evento» o «estudio» mencionado ha sido imaginado. Más →

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