El timbre que llama con los nudillos
Un pequeño puño de latón montado por dentro de la puerta de casa, que llama educadamente cada vez que una visita pulsa el botón de fuera.
Está maravillosamente hecho. Una mano de latón, cerrada en un puño flojo, sobre un brazo abisagrado detrás de tu puerta, conectada a un pulsador de timbre corriente en el porche. La visita pulsa el botón. No suena nada. En su lugar, el puñito se alza y golpea tres veces la cara interior de tu propia puerta, exactamente al volumen que emplearÃa una persona de verdad.
Nadie lo pidió, porque el timbre se inventó justamente para sustituir esto. El timbre existe para que quien llama no tenga que quedarse ahà golpeando tu casa con la mano. El aparato coge, por tanto, un problema resuelto, lo resuelve al revés y te cobra ochenta libras por el privilegio.
Y sin embargo algo tiene. Un timbre anuncia que una máquina te ha detectado. Unos nudillos anuncian a una persona, de pie, cerca, tomándose la molestia. El puño lo sabe y llama con una vacilación que ningún timbre alcanza: tres toques, una pausa y a veces un cuarto si la visita mantiene el botón, que es exactamente lo que hace quien llama con nervios.
Los propietarios cuentan que el efecto se desgasta en quince dÃas, momento en que el sonido deja de significar hay alguien y pasa a significar el chisme ya está otra vez. El fabricante sugiere, en letra pequeña, instalarlo en una puerta que no use nadie, donde sus virtudes puedan apreciarse sin molestias.