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Ficción — inventada por diversión

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El termostato diplomático

Un termostato de oficina que muestra a cada persona que lo toca exactamente la temperatura que ha pedido en su pantallita, mientras la habitación se queda justo como estaba.

Tres oficinistas, unos con rebeca y otros en mangas de camisa, se agolpan ante un termostato de pared y cada uno pulsa un botón distinto con una sonrisa satisfecha.

Toda oficina compartida tiene una pared que importa más que las demás. Es la pared del termostato, y ha acabado con más amistades que cualquier hoja de cálculo. Una persona lleva rebeca y guantes sin dedos en junio. Otra se abanica con una carpeta. Cada una visita la cajita de la pared varias veces al día, la ajusta dos grados y se aleja con la sonrisa tensa de quien ha ganado una batalla pero no la guerra.

El termostato diplomático acaba con la guerra dando a todo el mundo lo que quiere. Es una elegante unidad de color crema con una pantalla grande y amable y dos botones blanditos que dicen más calor y más frío. Pulsas más calor y el número sube. Pulsas más frío y baja. Un altavoz escondido emite un suave susurro de aire, y una lucecita verde se enciende para confirmar que tu petición se ha recibido y se está tomando muy en serio.

No está conectado a absolutamente nada. La calefacción la controla un sistema aparte en el sótano, que ajusta una vez al año un administrador del edificio al que nadie conoce. El termostato diplomático simplemente recuerda la última elección de cada persona y se la muestra cuando se acerca, gracias a un discreto sensor que reconoce su forma de andar. La de la rebeca ve veinticuatro grados. El de la carpeta ve diecinueve. Los dos vuelven a su mesa sintiéndose escuchados.

El modelo prémium añade toda una gama de funciones tranquilizadoras. Hay una cuenta atrás lenta que anuncia que la sala alcanzará la temperatura elegida en unos doce minutos, tiempo suficiente para que todos se enfrasquen en su trabajo y se olviden. Hay un informe semanal, enviado por correo los viernes, que agradece al personal su contribución a un lugar de trabajo confortable. Y hay un modo bloqueado para reuniones, que muestra la palabra equilibrado y reproduce una melodía breve que recuerda al vestíbulo de un hotel.

Las primeras pruebas han ido notablemente bien. Las quejas por la temperatura cayeron en picado el primer mes, y a dos compañeros que no se hablaban desde una discusión por una ventana abierta se les vio compartiendo galletas. Los únicos problemas surgieron cuando dos rivales llegaron al termostato a la vez, lo que hizo que la pantalla mostrara los dos números alternándose muy deprisa hasta que uno de ellos se rindió y se fue a preparar un té.

La broma está más cerca de la realidad de lo que parece. Los técnicos de calefacción y aire acondicionado llevan años contando que algunos termostatos de oficina son de pega, colocados para que la gente tenga algo que ajustar mientras los controles de verdad están en otra parte. Y aun así los trabajadores dicen sentirse mejor después de tocarlos. Un termostato en la pared no es solo un mando para el aire. Es una forma de decirle a la gente que su comodidad cuenta.

En parte se debe a que el confort no depende solo de la temperatura. Lo cálida que parece una sala depende de lo activo que estés, de la ropa que lleves, de la humedad del aire y de si hay corriente junto a tu mesa, así que dos personas en la misma habitación pueden sentirla de verdad de forma distinta. Los psicólogos también han visto que la sensación de control hace más llevaderas muchas clases de incomodidad. Así que la próxima vez que alguien toque la rueda en silencio, recuerda que quizá solo esté cambiando su propio ánimo, y que eso también vale algo.

Esto es ficción. Esta pieza fue inventada para entretenimiento y no es un reportaje fáctico. Cualquier «dato», «persona», «evento» o «estudio» mencionado ha sido imaginado. Más →

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