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Ficción — inventada por diversión

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La cometa que pertenece a toda la colina

En lo alto de la colina del Cernícalo hay una caja de madera sin candado con una cometa roja dentro, y desde hace nueve años cualquiera que suba puede volarla.

En la cima cubierta de hierba de una colina, bajo un cielo luminoso y ventoso, un niño y un adulto vuelan una cometa roja con cola amarilla, y a su lado hay una cajita de madera con la tapa inclinada, abierta sobre un poste.

En lo alto de la colina del Cernícalo, donde el sendero se rinde y empieza la hierba, hay una caja de madera del tamaño de una panera, sujeta a un poste. Tiene la tapa inclinada para que resbale la lluvia y no tiene candado. Dentro, bien enrollada en su carrete, vive una cometa roja con la cola amarilla.

Nadie sabe con seguridad quién la puso allí. El relato más antiguo es el de un hombre que sube la colina cada mañana con su spaniel. Dice que la caja apareció un mes de abril, hace nueve años, con una tarjeta clavada por dentro de la tapa. La tarjeta sigue ahí, con las esquinas ya blandas. Dice: Vuélame. Enróllame bien. Gracias.

Y la gente lo hace. Los niños la vuelan al salir del colegio, con un adulto sujetando el carrete. Una mujer que pasa corriendo los domingos se detiene a mitad de recorrido y la vuela exactamente cinco minutos, y dice que es el único rato de la semana en que mira hacia arriba. Dos hermanos que discuten durante toda la subida no discuten mientras la cometa está en el aire, porque uno tiene que sujetar el hilo y el otro tiene que soltar.

La cometa ha tenido aventuras. Una vez pasó la noche en un espino y a la mañana siguiente la bajó, con un palo largo, un adolescente muy alto que no se lo contó a nadie. La han arreglado cuatro veces: una varilla nueva cortada de una caña del jardín, un parche de tela azul en una esquina y dos colas nuevas. La segunda cola es de punto. Vuela mal y es muy admirada. Cada arreglo lo hizo una persona distinta, y ninguna firmó su trabajo.

Un otoño el hilo se desgastó del todo y la cometa se fue volando sobre el valle. Durante once días la caja estuvo vacía. En ese tiempo, un número sorprendente de personas subió la colina, levantó la tapa y se quedó un momento mirando dentro. Algunas dejaron notas. Una decía solamente: Oh.

Al duodécimo día la cometa estaba otra vez en su caja, un poco embarrada, con un hilo recién estrenado. Un granjero la había encontrado a dos millas de allí, colgada de una cancela. La reconoció enseguida, porque él mismo la había volado una tarde de viento en la que se suponía que estaba contando ovejas, y la subió a la colina en su quad antes del desayuno.

Lo que hay de verdad en esto

La colina y su cometa son inventadas, pero lo que representan existe de verdad, y seguramente has pasado junto a algo parecido. Un estante de libros para intercambiar en una vieja cabina de teléfono. Una mesa con huevos a la puerta de una granja y una lata para el dinero. Una caja de pelotas para perros a la entrada de un parque. Ninguna tiene candado ni vigilante, y la mayoría sigue funcionando en silencio durante años.

Duran porque una cosa que es claramente de todos le da a cada uno una pequeña tarea. Devuelves el libro, dejas las monedas, enrollas bien el hilo, y al hacerlo te conviertes en una de las personas a las que esa cosa pertenece. Una cometa es una elección especialmente buena, porque solo necesita dos cosas: viento y alguien dispuesto a recogerla otra vez. Lo primero lo pone la colina. De lo segundo, por lo visto, se encargan con gusto los vecinos.

Esto es ficción. Esta pieza fue inventada para entretenimiento y no es un reportaje fáctico. Cualquier «dato», «persona», «evento» o «estudio» mencionado ha sido imaginado. Más →

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