Ficción — inventada por diversión
El posavasos que nunca está donde aterriza la taza
Un posavasos de corcho con ruedas diminutas que se aparta unos centímetros cada vez que levantas la taza, para que siempre acabe sobre la mesa desnuda, igual que habría acabado de todos modos.
En una mesa baja junto a la ventana descansa un posavasos redondo de corcho con un pulcro borde de latón, y sobre él una taza de té que humea con calma. Parece el objeto más corriente de la casa. Pero levanta la taza y el posavasos hace algo que ningún posavasos había hecho antes: rueda en silencio cuatro centímetros hacia la izquierda y se detiene.
Se llama el Esquivo, y su creador, un restaurador de muebles jubilado, es de una sinceridad desarmante sobre para qué sirve. Bajo el corcho hay tres ruedas del tamaño de una lenteja, una pila pequeña y un sensor que nota cuando el peso de la taza desaparece. En cuanto das un sorbo, el Esquivo se mueve. Cuando la taza vuelve a bajar, aterriza sobre la madera desnuda, exactamente como lo habría hecho de todos modos.
La ingeniería, insiste, es la parte difícil. El posavasos tiene que alejarse lo bastante para que falles, pero no tanto como para que notes que se ha ido. Los primeros prototipos huían hasta el borde de la mesa y se caían, lo cual era muy teatral y delataba todo el plan. La versión definitiva no se desplaza más que el ancho de una galleta y luego espera, con cara de inocente, junto a un cerco pálido y recién hecho.
Quien lo compra puede elegir entre dos ajustes. En el modo Cortés, el posavasos regresa a su sitio en cuanto la taza está apoyada, y se queda lealmente al lado de la taza que no supo proteger. En el modo Sincero se queda donde fue a parar, y al final de la velada ha recorrido la mesa entera como una mascota muy lenta y muy plana. Un juego de cuatro, dice, acaba siempre formando un corrillo cerca del frutero.
Solo ha recibido una queja. Una clienta escribió para decir que su posavasos estaba defectuoso, porque su marido había apoyado la taza encima tres veces seguidas. Una investigación reveló que el marido había estado vigilando el posavasos y apuntando. El creador cambió la unidad sin coste y añadió una línea a las instrucciones: no mire directamente al Esquivo.
La idea real que hay detrás
El chiste funciona porque los posavasos siempre se han portado así, solo que sin ruedas. Un posavasos es uno de los pocos objetos de la casa que nos pide hacer algo cada vez que lo usamos: mirar, apuntar, acertar. Casi todo lo que hacemos con una taza de té lo hacemos sin mirar en absoluto. La mano sale, la mano vuelve, y la taza regresa más o menos al lugar donde el brazo espera encontrar la mesa. El posavasos rara vez está ahí.
No es tanto descuido como la manera en que se construyen los hábitos. Un movimiento que repetimos decenas de veces al día pasa a manos de esa parte de nosotros que funciona en piloto automático, que es estupenda repitiendo cosas y torpe con las pequeñas reglas nuevas. El cerco en la mesa es la huella de una atención que estaba ocupada en otra parte: en el libro, en la conversación, en la ventana. Quizá por eso a quienes más les molestan los cercos es a quienes compraron la mesa, y por eso el posavasos más amable que se ha inventado sigue siendo una bandeja.