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Ficción — inventada por diversión

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La lata de galletas que te obliga a firmar al entrar

Una bonita lata esmaltada con una tablilla diminuta en el costado, cuya tapa no se abre hasta que anotas tu nombre, la hora y el motivo de tu visita.

Una lata de galletas redonda, azul pálido, está de noche sobre la encimera de una cocina, con una campanilla de latón en la tapa y una tablilla diminuta con un lápiz atado a un cordel en el costado, mientras una mano con manga de bata se acerca al lápiz.

Son las once menos veinte de la noche. La cocina está a oscuras, salvo por la lucecita de encima de los fogones, y una mano con manga de bata se acerca, muy despacio, a la lata de galletas. La tapa no se mueve. En su lugar, una campanilla de latón hace tin, y en una tarjeta muy pulcra, en el costado de la lata, se lee: todos los visitantes deben firmar al entrar.

Es la Lata de Galletas con Registro, un invento que resuelve un problema que ningún hogar había pedido resolver. Parece una lata redonda muy elegante, de esmalte azul pálido. En el costado lleva sujeta una tablilla del tamaño de un naipe, con un lápiz atado a un cordel. La tapa sigue cerrada hasta que rellenas una línea del formulario: tu nombre, la hora y el motivo de tu visita.

El formulario es corto, pero no es amable. En el apartado de motivo de la visita ofrece tres casillas para marcar: hambre, aburrimiento y solo comprobar que siguen ahí. Hay una cuarta línea para el número de galletas solicitadas y una quinta, en letra más pequeña, para el número de galletas que te has llevado de verdad, que se rellena a la salida. El lápiz, a propósito, tiene la punta un poco gastada.

La inventora, una secretaria de colegio jubilada, cuenta que la construyó después de que su familia de cuatro personas se acabara una lata entera de galletas de mantequilla en un solo fin de semana del que nadie se acordaba. «Todos decían que solo habían cogido dos», explica. «Hice la cuenta. Alguien había cogido dos muchísimas veces». Su primera versión llevaba un candado, que resultaba antipático. La hoja de firmas, dice, es mucho más educada y da bastante más miedo.

Las primeras pruebas no fueron un éxito. En una semana el registro contenía once visitas de alguien llamado El Gato, una firma que era solo una raya ondulada y una entrada a las dos y catorce de la madrugada cuyo motivo de visita era investigación científica. Se descubrió que su marido había firmado como el vecino. La lata, que no puede comprobar nada de esto, se abrió con educación todas las veces. A final de mes la familia había comido exactamente las mismas galletas que antes y, además, había gastado tres lápices.

La inventora sigue orgullosa de ella. Señala que la lata no se ha equivocado ni una sola vez, puesto que no tiene opiniones, y que el registro es una lectura estupenda para una tarde de domingo. Ya se prepara un modelo de lujo, con un pequeño sello de goma que dice aprobado.

Lo que hay de verdad en esto

La broma se apoya en algo cierto: a casi todos se nos da mal llevar la cuenta de las cositas que comemos sin pensar. Una galleta cogida al pasar por la cocina apenas parece un acontecimiento, así que rara vez se recuerda como tal, y cuatro visitas después seguiríamos diciendo, con toda sinceridad, que solo hemos tomado un par. Nadie miente. Es que nadie lo anotó desde el principio.

Por eso apuntar las cosas es un consejo tan habitual para quien quiere entender una costumbre, ya se trate de picoteos, de gastos o de tiempo con el móvil. La nota no te detiene. Solo convierte un momento que habría pasado de largo en uno que notas. La Lata de Galletas con Registro hace justo eso, con una campanilla, y después te deja coger la galleta de todos modos, lo que quizá sea la parte más sensata de todo el diseño.

Esto es ficción. Esta pieza fue inventada para entretenimiento y no es un reportaje fáctico. Cualquier «dato», «persona», «evento» o «estudio» mencionado ha sido imaginado. Más →

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