En el Sáhara nieva
Ha ocurrido al menos cinco veces en la memoria reciente, y las fotos de dunas anaranjadas bajo polvo blanco parecen tan equivocadas que la gente las da por falsas.
El Sáhara es el ejemplo estándar de sitio caluroso. Es adonde se manda mentalmente a quien se ha quejado del frío. Por eso las fotografías dan problemas: dunas de un rojo anaranjado con nieve acumulada en los surcos, apelmazada en las ondulaciones como azúcar glas prensado en un molde.
La localidad de Ain Sefra, en el norte de Argelia, está a unos mil metros de altitud, en el borde del desierto, y ya ha recibido nieve varias veces: una en 1979 y después en 2016, 2018 y 2021, con alguna espolvoreada más desde entonces. No es la rareza de una sola tarde. Se está convirtiendo, discretamente, en algo que ese pueblo espera cada pocos inviernos.
El mecanismo no tiene nada de extraordinario en cuanto dejas de tomar desierto como sinónimo de calor. Los desiertos se definen por la sequedad, no por la temperatura, y la altitud hace el resto: el aire frío baja rodando desde el Atlas, encuentra la humedad justa y ahí tienes tu nieve. La misma arena que en julio alcanzó los cincuenta grados puede quedar en enero bajo polvo blanco.
Rara vez dura un día. Sale el sol, la arena recupera su color y por la tarde no queda prueba alguna salvo un montón de fotografías que, cada vez sin falta, medio internet insiste en que están trucadas.