Las mariposas saborean con las patas
Una mariposa posada en una hoja no está descansando: tamborilea con las patas delanteras para averiguar qué hoja es, porque sus receptores del gusto están en los pies.
La larga trompa enroscada de una mariposa sirve para beber, y para nada más. El sabor lo percibe de una forma bastante menos elegante: con los pies. Las mariposas llevan receptores quÃmicos en los tarsos, el último segmento de cada pata, asà que en cuanto se posan sobre una hoja ya saben de qué está hecha.
Esto les importa sobre todo a las hembras, que afrontan la mayor decisión de la vida de una mariposa: dónde dejar los huevos. Una oruga no puede viajar lejos y la mayorÃa de las especies solo come las hojas de un puñado de plantas. Asà que la madre aterriza y tamborilea. Unas pequeñas espinas de sus patas delanteras rascan la superficie, brota la savia, los receptores la leen y en un segundo o dos ella sabe si esa planta es una guarderÃa o un error. Si se ha equivocado, levanta el vuelo y lo intenta otra vez, a veces decenas de veces antes de quedar satisfecha.
El equipo es asombrosamente bueno. Varias especies detectan azúcar en disoluciones tan débiles que la lengua humana no nota absolutamente nada; una mariposa posada en ese mismo charco lo llamarÃa jarabe. Esos mismos pies reconocen la sal, el amargor y los aceites de mostaza que distinguen a una col de todo lo que crece a su lado.
Lo cual explica la verdad un poco decepcionante sobre la mariposa que se te posa en el brazo un dÃa caluroso. No ha venido a admirarte. Estás húmedo, estás salado, y ahà se queda, saboreando tu sudor y decidiendo en silencio si mereces un segundo sorbo.