Los abejorros hacen rodar bolitas de madera, al parecer solo por gusto
Con un camino libre hacia la comida y una zona llena de bolitas de madera al lado, los abejorros de un laboratorio de Londres se desviaban una y otra vez para hacerlas rodar, sin premio alguno.
Un abejorro redondo y peludo, una hembra, sale de su nido y avanza por un camino corto hacia un platillo de agua azucarada. A mitad de camino se detiene, se desvía hacia un lado y agarra con las patas una bolita de madera. La bola se inclina, y abejorro y bola ruedan juntos por el suelo. La suelta, camina hasta otra bola y lo hace otra vez. El agua azucarada sigue esperando. No parece tener ninguna prisa.
La pregunta
¿Juegan los insectos? Durante mucho tiempo la pregunta apenas parecía digna de hacerse. Jugar era cosa de cachorros, gatitos y niños. Pero en octubre de 2022, investigadores de la Queen Mary University of London, junto con colegas de la University of Oulu, en Finlandia, publicaron en la revista Animal Behaviour un estudio con un título sencillo: ¿juegan los abejorros? Su respuesta fue que sí, y la universidad lo describió como la primera vez que se demostraba el juego con objetos en un insecto.
Cómo se hizo la prueba
El equipo observó a 45 abejorros en una pequeña arena. Cada abejorro podía ir recto por un camino libre hasta su comida, o salirse del camino hacia unas zonas con bolas de madera. Nadie entrenó a los abejorros, y tocar una bola no daba nada de comida. Iban de todos modos, una y otra vez. A lo largo del experimento, cada abejorro hizo rodar bolas entre 1 y 117 veces. Los abejorros jóvenes hicieron rodar más bolas que los mayores, y los machos mantenían una bola en marcha más tiempo que las hembras, un patrón que los investigadores comparan con el juego de las crías de mamíferos y aves.
- 45 abejorros en el primer experimento
- De 1 a 117 veces que un solo abejorro hizo rodar una bola
- 42 abejorros más en el segundo experimento, con cámaras de colores
Un segundo experimento preguntó si rodar las bolas era agradable por sí mismo. Otros 42 abejorros pudieron entrar en dos cámaras de distinto color. Una siempre tenía bolas que se podían hacer rodar, y la otra no tenía ninguna. Más tarde se retiraron las bolas y se ofrecieron de nuevo los dos colores a los abejorros. Prefirieron el color que había ido unido a las bolas, un poco como un niño que sigue teniéndole cariño a la habitación donde antes estaban los juguetes.
En qué suele equivocarse la gente
El primer error es suponer que a los abejorros se les enseñó un truco. El mismo laboratorio había entrenado antes a abejorros para llevar una bola hasta un objetivo a cambio de un premio azucarado, y es fácil confundir los dos estudios. Esta vez no hubo entrenamiento. De hecho, la idea salió de aquel trabajo anterior, cuando los investigadores vieron abejorros que hacían rodar bolas fuera del experimento, a cambio de nada. El segundo error es la vieja imagen de los insectos como maquinitas que solo hacen lo que es útil. El tercero va en sentido contrario: el estudio no demuestra que un abejorro sienta alegría como nosotros. Su primera autora lo dijo con cuidado: los abejorros quizá experimenten algún tipo de estado emocional positivo, aunque sea rudimentario.
Cómo sabemos que era un juego
Los biólogos no llaman juego a algo solo porque resulte tierno. Usan una lista de criterios y, según el artículo, hacer rodar las bolas cumplía cinco de ellos: no servía para la supervivencia inmediata, parecía gratificante por sí mismo, era distinto de las conductas útiles de los abejorros, se repetía sin ser cada vez el mismo movimiento rígido y ocurría cuando los abejorros estaban tranquilos. El equipo descartó también las explicaciones aburridas: que los abejorros buscaran comida en las bolas, que estuvieran despejando el paso o que buscaran pareja. Quita todas las razones sensatas y lo que queda es la menos sensata y la más encantadora: un abejorro, una bola y nada mejor que hacer.
Fuentes
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