La verja donde acaban los guantes perdidos
Nadie lo empezó y nadie lo gestiona, pero todo guante que se cae en Pellow Street termina en los mismos veinte metros de verja, esperando a que lo reclamen.
Empezó con una manopla roja pequeña, encajada en una punta de la verja frente al número 14 para que quien la hubiera perdido la viera a la altura de los ojos y no pisoteada en la acera. Fue hace varios inviernos y nadie recuerda quién lo hizo.
Ahora lo hace el tramo entero de verja. Los guantes aparecen a lo largo del remate durante la noche, uno por punta, con las palmas hacia fuera, a la manera de un público muy pequeño y muy paciente. De lana, un guante de golf perdido, un par de enormes manoplas de jardinerÃa que se quedaron todo un febrero. En los meses buenos hay tres o cuatro. En enero ha habido diecinueve.
Nadie lo organiza. No hay cartel, ni grupo, ni cuenta en ninguna parte. Pero alguien, es evidente, recorre ese tramo y ordena: los guantes se enderezan, las parejas se juntan cuando sus mitades llegan con una semana de diferencia y todo lo que lleva quince dÃas bajo la lluvia desaparece discretamente. El orden es tan anónimo como los guantes.
En lo que la calle no se pone de acuerdo es en cuántos se recuperan. En el número 14 dicen que casi ninguno. La mujer de la tienda de la esquina asegura haber visto a tres personas llevarse el suyo, y que las tres miraron antes alrededor para comprobar que nadie las veÃa, como si reclamar tu propio guante fuese algo por lo que te pudieran juzgar.