El panadero que siempre hacía un pan de más
La panadería de Cold Street necesitaba cuarenta panes al día y durante treinta y un años horneó cuarenta y uno.
La panadería de Cold Street necesitaba cuarenta panes al día. El horno cabía cuarenta y uno. Los primeros meses el panadero dejó vacío el último hueco, como haría cualquier hombre sensato, y una mañana lo llenó, sobre todo por ver si el horno se daba cuenta.
El pan cuarenta y uno no tenía adónde ir. Al cerrar lo dejó en el alféizar de la puerta lateral, sobre un cuadrado de papel, y se fue a casa. Por la mañana ya no estaba. Supuso que un zorro, y al día siguiente hizo otro por pura testarudez.
En treinta y un años el alféizar alimentó a una enfermera que salía del turno de noche, a dos estudiantes que nunca llegaron a conocerse, a un hombre que pasaba con su perro a las once y fingía no mirar y, durante un invierno largo, a alguien que dejó una nota doblada que solo decía: GRACIAS, ESTA NOCHE NO. El panadero jamás se quedó a mirar. Decía que mirar lo habría convertido en una transacción.
Cuando traspasó el negocio, no mencionó el pan. Su aprendiza lo descubrió en su segunda semana, un martes, al hornear cuarenta y ver que el horno tenía mal aspecto. Los hornos de Cold Street siguen cabiendo uno más de los que la calle necesita, que según el panadero es sencillamente el número correcto de panes.