Ficción — inventada por diversión
El conductor de autobús que esperaba a la corredora
El de las 7:42 sale a las 7:42, salvo las cuatro mañanas por semana en que sale a las 7:43, por motivos que el horario no recoge.
Hay una mujer con abrigo naranja que corre para coger el de las 7:42. No todas las mañanas, pero de media cuatro de cada cinco, y siempre de la misma manera: doblando la esquina junto al buzón, con el bolso cruzado sobre el cuerpo y una mano en alto en un gesto que es mitad disculpa y mitad petición. Nadie en el autobús se ha puesto nunca de acuerdo sobre qué significa exactamente, pero todos lo han visto, y en las mañanas de nieve va acompañado de un resbalón muy decidido.
El conductor la ve por el retrovisor antes de que llegue a la esquina, porque con los años ha aprendido exactamente en qué segundo mirar. Nunca arranca antes de hora y nunca se salta las normas. Simplemente deja la puerta abierta un momento más y encuentra algo en la máquina de billetes que necesita revisar con urgencia, durante unos once segundos, más o menos cuatro mañanas por semana. A ninguna otra hora del día ha necesitado nunca revisión la máquina de billetes.
Nadie ha hablado nunca de este acuerdo. Ella nunca le ha dado las gracias, porque darle las gracias significaría decirlo en voz alta, y decirlo en voz alta lo convertiría en un favor en lugar de ser simplemente cómo transcurre la mañana. Así que sube, jadeando, pasa la tarjeta, se sacude la nieve de las mangas y da los buenos días con la misma voz que todos los demás. Él le devuelve los buenos días con la misma voz que usa con todo el mundo.
Los habituales de delante lo saben perfectamente. Al hombre del tercer asiento se le ha visto mirar el reloj a las 7:42 y guardarlo después sin comentar nada, cuatro mañanas por semana, durante dos años y medio. Un día un colegial preguntó en voz alta por qué no arrancaban todavía, y tres pasajeros distintos le dijeron, muy bajito, que estaban esperando a la máquina de billetes. Desde entonces no ha vuelto a preguntar nada, y ahora vigila la esquina del buzón con los demás.
La historia es inventada, pero las pequeñas amabilidades silenciosas como esta forman parte de la vida diaria en autobuses, trenes y calles de todas partes. Un conductor espera a un pasajero que corre, un desconocido sujeta una puerta, un vecino quita la nieve del camino de la casa de al lado sin mencionarlo. De muchos de estos gestos nunca se habla, y en eso está parte de su encanto. Funcionan porque nadie hace un drama, y hacen que un trayecto rutinario resulte un poco más humano para todos los que lo presencian.
Así que, si alguna vez eres tú quien corre hacia el autobús con la mano en alto y las puertas se quedan abiertas justo el tiempo necesario, da los buenos días como todos y siéntate. Y si alguna vez eres tú quien puede esperar once segundos a otra persona, quizá merezca la pena hacerlo. El horario sobrevivirá, los pasajeros lo entenderán y, en algún lugar de delante, un hombre en el tercer asiento guardará el reloj en silencio.