Ficción — inventada por diversión
El barbero que guardaba el libro de los primeros cortes
Detrás de la caja de una pequeña barbería hay un grueso libro verde con cuarenta años de primeros cortes de pelo, y un sábado entró un hombre pidiendo ver su propia página.
La barbería de la calle Cantera tiene dos sillones, una radio que solo sintoniza una emisora y un libro de registro verde detrás de la caja más gordo que una Biblia familiar. Cada vez que un niño se sentaba por primera vez en el sillón grande, el señor Dunmore anotaba la fecha, el nombre del niño y una frase corta sobre cómo había ido. Después cortaba un rizo no más grande que una coma, lo pegaba con cinta en la página y le daba al niño una piruleta, se la hubiera ganado o no.
Las frases eran lo mejor. Sentado como un juez, decía una. Lloró hasta que se encendió la maquinilla y luego se rio del zumbido. Preguntó si al pelo le iba a doler. Lo quería todo fuera, como el abuelo. Agarró la mano de su madre todo el rato y no la soltó ni por la piruleta. En cuarenta años el libro se llenó de momentos pequeños, valientes y ridículos, y de filas de rizos diminutos de todos los colores que puede tener una cabeza.
Fuera de la barbería nadie lo sabía realmente. Los padres le veían apuntar algo y suponían que era la cita. El señor Dunmore nunca lo mencionó, en parte porque le parecía que no era asunto de nadie y en parte porque sospechaba que era algo un poco raro para un hombre hecho y derecho. El libro vivía en una balda bajo la caja, junto a los peines de repuesto y una lata de galletas que no guardaba galletas desde 1991.
Un sábado de lluvia entró un hombre alto con chaqueta de trabajo, se sentó y pidió que le arreglara el pelo. A mitad del corte miró al barbero en el espejo y le dijo, en voz baja, que su madre le había contado que existía un libro. Él tenía cuatro años. Había oído que dio patadas. Se preguntaba, si no era mucha molestia, si la página seguía allí.
El señor Dunmore dejó las tijeras, sacó el libro y fue pasando páginas hacia atrás, año tras año, hasta encontrarla. Dio dos patadas al sillón. Le pidió perdón al sillón. Junto a las palabras había un rizo pequeño y claro, mucho más rubio que el pelo oscuro que ahora caía al suelo. El hombre lo miró durante un buen rato. Luego se rio con tantas ganas que el barbero tuvo que esperar para seguir cortando.
Después de aquello se corrió la voz, como siempre pasa. Empezaron a llegar adultos a pedir sus páginas, y algunos traían a sus propios hijos para su primer corte, para que las dos anotaciones estuvieran en el mismo libro. El libro verde ya está casi lleno. El señor Dunmore ya ha comprado otro, azul, y no se lo ha dicho a nadie, cosa que en la calle Cantera ya sabe todo el mundo.
La historia es inventada, pero la costumbre que hay detrás es muy real. Muchas familias guardan un mechón del primer corte de pelo de un niño, metido en un álbum de bebé o en un sobrecito, porque el primer corte es uno de los pocos hitos tempranos que deja algo que se puede tocar. El pelo crece solo alrededor de un centímetro al mes, y el pelo de bebé suele ser más fino y más claro que el que sale después, así que un rizo guardado puede parecer sorprendentemente distinto de la cabeza adulta de la que salió.