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Un vencejo vuelve tras diez meses y confirma que no se ha posado ni una vez
De vuelta sobre los tejados tras diez meses fuera, un vencejo ha rechazado el sitio que los gorriones le guardaban en el canalón, y explica que todavía está en mitad de algo.
En una tarde templada de mayo, un vencejo volvió a sobrevolar los tejados de un pueblo pequeño tras diez meses de ausencia, dio dos vueltas al campanario a toda velocidad y confirmó, cuando se le preguntó, que no se había posado ni una sola vez desde agosto. Un grupo de gorriones lo invitó desde el canalón a bajar y descansar un momento. Dijo que no. Estaba, explicó, en mitad de algo.
Los gorriones lo han llevado con paciencia. El verano pasado lo vieron salir del hueco del nido bajo el alero y dieron por hecho que se posaría a la hora de la merienda, explicó un gorrión, que se ha posado cada pocos minutos durante toda su vida y lo recomienda de corazón. Desde entonces se guarda un sitio libre en el canalón. Tiene buenas vistas y le da el sol de la mañana.
La postura del vencejo, comunicada de pasada más o menos a la altura de las chimeneas, es que ahí arriba tiene todo lo que necesita. La comida son los pequeños insectos que anden flotando por allí, tomados de camino. La bebida se recoge pasando a ras del estanque del molino con el pico abierto. Preguntado por el sueño, dijo que también tiene un sitio para eso, e inclinó un ala hacia el cielo.
Otros vecinos lo han intentado. Una paloma ofreció la repisa de encima de la panadería, que está calentita. Una grajilla ofreció media chimenea. Una lavandera sugirió, con amabilidad, que todo el mundo se siente mejor después de sentarse un rato. El vencejo les dio las gracias a todos, sin frenar, y ya estaba sobre la calle siguiente antes de que la lavandera terminara la frase.
En el canalón hay cierta sensación de que está presumiendo. Los gorriones niegan tener envidia. Señalan que ellos podrían volar todo el día si quisieran y que sencillamente prefieren no hacerlo, igual que hay gente que prefiere no correr maratones. La invitación formal a posarse sigue en pie. El vencejo ha dicho que bajará cuando haya un huevo que cuidar, quizá a finales de mes, y ni un momento antes.
La idea real que hay detrás
El vencejo no exagera. En 2016, investigadores de la Universidad de Lund, en Suecia, colocaron a 13 vencejos comunes unos registradores diminutos que anotaban si las aves estaban volando. Sus resultados, publicados en la revista Current Biology, mostraron que, tras dejar los nidos en agosto, las aves viajaron a África y volvieron, y pasaron en el aire más del 99,5 por ciento de los diez meses siguientes. Algunas bajaron un momento de vez en cuando. Otras no se posaron ni una sola vez hasta que regresaron para criar.
Atrapan insectos voladores sobre la marcha, y los registradores mostraron que cada día, al anochecer y al amanecer, subían hasta entre dos y tres kilómetros de altura. Los investigadores sospechan que las aves quizá duerman durante el largo planeo de bajada, aunque nadie ha sorprendido todavía a un vencejo echando una cabezada para demostrarlo. Es el vuelo sin interrupción más largo que se conoce en un ave. Así que, cuando un pájaro oscuro con forma de hoz pase chillando junto a tu ventana una tarde de verano, merece un saludo: esa breve estancia en un nido bajo el tejado es casi el único momento del año en que sus patas tocan algo.