Los gatos no saborean lo dulce
El gen del receptor del dulce está roto en todos los gatos del planeta, lo que significa que el pastel que tu gato intenta robar le sabe a casi nada.
Un perro arrasará con un pastel a la mÃnima oportunidad. Un gato, ante el mismo pastel, muestra un interés cortés y luego se marcha, y durante años esto se archivó bajo el epÃgrafe de que los gatos son asÃ. La razón real está escrita en el genoma.
Un receptor del sabor dulce se construye con dos proteÃnas que trabajan en pareja. En los gatos, el gen de una de ellas presenta una deleción: un trozo de letras ausentes que impide que la proteÃna llegue a fabricarse. El receptor no puede formarse. Está roto en los gatos domésticos, y también en tigres, leones y guepardos, lo que significa que la averÃa es antigua y compartida por toda la familia.
Tiene sentido evolutivo. A un carnÃvoro estricto le sirve de poco un detector afinado para la fruta madura, y un gen del que no depende nada se degrada calladamente a lo largo de las generaciones. Lo que queda es un paladar construido casi por completo alrededor de la carne: los gatos son inusualmente sensibles a los compuestos de la proteÃna y la grasa, y al amargor, que es un buen sistema de aviso.
Asà que cuando tu gato se sienta en la mesa a mirar el helado, no es el azúcar. Es la nata, la grasa, el olor a algo sustancioso y, muy posiblemente, el simple hecho de que el helado es tuyo y la mesa es suya.