¿Por qué soplamos la comida que ya se ha enfriado?
La sopa lleva diez minutos ahí, lo sabes perfectamente, y aun así soplas la primera cucharada.
Es una de las cosas más fiables que hace una persona. Llega el plato, imposible de tocar. Esperas. Hablas de otra cosa. Vuelves a él mucho después de que el vapor haya desaparecido, levantas la cuchara y soplas exactamente igual que habrías soplado nueve minutos antes.
En parte se debe a que no estás comprobando la sopa: estás celebrando una pequeña ceremonia sobre la sopa. Soplar es lo que hace uno antes de comerse algo que alguna vez estuvo caliente, del mismo modo que seguimos diciendo hola al teléfono antes de saber si hay alguien. El gesto ha dejado discretamente de ser una medición para convertirse en un modal.
Y hay una lectura más amable. Soplar te compra un segundo. Es una pausa mínima e invisible entre decidir comer y comer, y casi todo lo bueno que hacemos despacio lleva escondida una pausa así. El té que remueves sin que haga falta. El libro que cuadras sobre la mesa antes de abrirlo.
Así que la sopa está fría y soplas de todos modos, y nada se desperdicia. No estás siendo tonto. Estás siendo cuidadoso con algo, por costumbre, mucho después de que el peligro se haya ido, que es, si lo piensas, casi todo lo que significa cuidar.