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El mapache insiste en que mojar la cena es control de calidad, no colada

Cada trozo de pan, tres uvas y una patata cocida entera pasaron por el arroyo antes de ser comidos, y el mapache responsable pide que conste como inspección y no como colada.

Un mapache agachado en la orilla de un arroyo a la luz de la luna, con las dos patas delanteras en el agua poco profunda, girando un trozo de pan, junto a un tapón y una patata cocida sobre la hierba.

El arroyo que corre detrás de los huertos es poco profundo y transparente, y el martes, hacia las nueve de la noche, recibió un cliente. Un mapache bajó por la orilla con un currusco de pan sujeto entre las dos patas delanteras, se sentó sobre los cuartos traseros y metió el pan en el agua. Le dio la vuelta al pan. Se la volvió a dar. Después se lo comió, sin mirar a nadie en particular, y volvió a por más.

En los cuarenta minutos siguientes, el mismo mapache procesó tres uvas, media ciruela, una patata frita fría y una patata cocida entera que nadie ha reclamado todavía. Cada pieza entraba primero en el agua. Cada pieza era rodada, apretada y girada entre las patas durante varios segundos, a veces más. Solo entonces se la comía, y solo entonces alargaba la pata hacia lo siguiente.

Cuando una polla de agua que pasaba por allí le preguntó si aquello era lavar, el mapache, según los testigos, se detuvo, parpadeó despacio y dijo que no estaba lavando, sino haciendo control de calidad. El pan llega, explicó el mapache. El pan se evalúa. El pan se aprueba. Eso, dijo, es un proceso con etapas, y la colada es otra cosa completamente distinta, y agradecería que la comunidad del estanque no confundiera las dos.

Al preguntarle por la patata cocida, un objeto que, por cualquier criterio razonable, ya había sido cocido, pelado y manoseado a fondo por otro, el mapache respondió que el origen de una patata es justo el tipo de cosa que el control de calidad existe para establecer. Confirmó que la patata había resultado satisfactoria. Luego volvió al agua para evaluar un tapón de botella, que giró durante casi un minuto y no se comió.

A las diez y media, la zona de inspección era un corro de hierba aplastada, un cerco húmedo sobre la losa y una pequeña colección de objetos aprobados colocados en un orden que nadie consiguió descifrar. La polla de agua se fue a casa. El arroyo ha declinado hacer comentarios. El mapache se marchó en algún momento antes de medianoche sin dejar nada por escrito.

El chiste se apoya en un malentendido muy antiguo, y la verdad que hay debajo es mejor. Un mapache al borde del agua no está limpiando la cena. Las patas delanteras de un mapache están entre las manos más sensibles del mundo animal: van cargadas de receptores del tacto y las atiende una porción sorprendentemente grande de la zona del cerebro dedicada al tacto. Alrededor de dos tercios de esa zona corresponden precisamente a esas patas delanteras de cinco dedos. Cuando un mapache da vueltas a un objeto una y otra vez, no lo está frotando. Lo está mirando, con los dedos, a oscuras.

El agua, por lo visto, afina esa mirada. Al mojarse, la capa exterior dura de la piel de las yemas se ablanda y los receptores de debajo responden con más facilidad, así que mojar algo se parece menos a lavarlo que a ponerse las gafas de leer. Eso explica que un mapache sin arroyo cerca siga rodando la comida entre las patas, y que uno con arroyo moje encantado un tapón de botella que no piensa comerse. El malentendido quedó grabado en los nombres del animal: en alemán se llama Waschbär, el oso lavador, en ruso lo llaman el mapache que enjuaga, y su nombre científico, Procyon lotor, termina en una palabra latina que significa el lavador. Tres idiomas, un mismo error, y un mapache leyendo su cena en silencio con las manos.

Esto es ficción. Esta pieza fue inventada para entretenimiento y no es un reportaje fáctico. Cualquier «dato», «persona», «evento» o «estudio» mencionado ha sido imaginado. Más →

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