El galio es un metal que se derrite en tu mano
Sostén un trocito de este metal plateado en la palma durante dos minutos y se convertirá en un charquito, sin horno y sin fuego.
La mayorÃa de los metales se toman muy en serio eso de fundirse: exigen un horno, equipo de protección y una enorme dosis de paciencia. El galio no es como la mayorÃa de los metales. Se vuelve lÃquido a unos 29,8 grados Celsius, bastante por debajo de la temperatura de un ser humano. Sujeta un trozo sólido en la mano y, en un par de minutos, tendrás un pequeño charco plateado y brillante que rueda como si fuera cromo lÃquido.
Los quÃmicos llevan un siglo disfrutando de esto en silencio. La broma clásica de laboratorio es la cuchara que desaparece: se moldea una cucharilla de galio, se le ofrece a un invitado junto con una taza de té caliente y se observa su cara mientras el cubierto se rinde discretamente y se hunde. A diferencia del mercurio, el galio no es especialmente tóxico al manipularlo, y solo por eso ha sobrevivido esta broma. Aun asÃ, no es una merienda, y desde luego arruinará una cucharilla perfectamente buena.
El galio también le guarda rencor al aluminio. Una sola gota se filtra en el metal y convierte una barra robusta en algo que puedes desmenuzar con los dedos, razón por la cual las aerolÃneas son famosamente poco entusiastas con él en el equipaje de mano.
Con todo su dramatismo, el galio hace un trabajo muy serio. Vive dentro de los LED azules y blancos que iluminan tu calle, en los cargadores diminutos y rápidos de tu bolso y en un buen montón de microchips. Y luego, al enfriarse, vuelve a solidificarse y se expande un poco por el camino, ese mismo truco algo maleducado que hace el agua en una botella llena dentro del congelador.